Michiyo Yasuda, la artista que dio color a Ghibli

31 de juliol de 2026

Ah, el verano. Ese momento tan esperado para regresar a la naturaleza: tumbarnos en el campo y contemplar las nubes, montar en bicicleta, correr entre la hierba o zambullirnos en aguas cristalinas. Todo eso, y mucho más, lo hemos visto innumerables veces en las películas de Hayao Miyazaki e Isao Takahata. Y hemos querido estar allí, porque sus imágenes nos transmiten fantasía, pero también una extraordinaria sensación de realidad.

Además de su asombrosa capacidad narrativa y de la espectacular animación de sus películas, existe otro elemento esencial para comprender su poder visual: el color. Detrás de buena parte de ese universo cromático se encuentra una auténtica maestra, Michiyo Yasuda, colaboradora de Miyazaki y Takahata desde mucho antes de la creación de Studio Ghibli y responsable del diseño de color de algunas de sus obras más importantes.

Gracias al trabajo de investigación de la publicación Animation Obsessive, hemos podido conocer mejor a esta figura fundamental de una estética que marcó un antes y un después en la historia de la animación.

 

El color como forma de narrar

Michiyo Yasuda nació en Tokio en 1939 y entró a trabajar en Toei Doga en 1958, recién terminados sus estudios. Comenzó en el departamento de trazado y pintura, donde los dibujos de los animadores se transferían y coloreaban sobre hojas transparentes de acetato. Allí conoció a Isao Takahata y, algunos años después, a Hayao Miyazaki. Los tres iniciaron una relación profesional y personal que se prolongaría durante más de cuatro décadas.

Yasuda participó como trazadora en escenas importantes de Horus, príncipe del sol (1968), dirigida por Takahata, y volvió a coincidir con ambos cineastas en producciones como Panda, pequeño panda y Heidi. Sin embargo, su verdadera especialización en el diseño de color comenzó durante la serie Marco, de los Apeninos a los Andes (1976), en la que trabajó estrechamente con Miyazaki.

En aquella producción empezaron a experimentar con cuestiones que hoy pueden parecernos evidentes, pero que entonces no eran habituales en la animación televisiva: cómo conseguir que la comida pareciera apetecible, cómo representar el brillo de un vaso, cómo cambia el color de un objeto visto bajo el agua o a través de un cristal. Yasuda comprendió que elegir un color no consistía simplemente en rellenar una superficie. El color podía expresar la textura de los materiales, la hora del día, la temperatura, la distancia e incluso el estado emocional de un personaje.

Su trabajo continuó en Conan, el niño del futuro (1978), de Miyazaki, y en Ana de las Tejas Verdes (1979), de Takahata. Para esta última, Yasuda buscó una gama más naturalista que la habitual en las series de televisión japonesas. Las ropas descoloridas de los personajes, los tejidos gastados y los objetos cotidianos adquirían, mediante el color, una presencia material y una historia.

Yasuda observaba constantemente el mundo que la rodeaba. Podía detenerse ante una hoja caída en un charco para estudiar cómo incidía la luz sobre ella, observar las sombras cambiantes de los árboles movidos por el viento o comprobar cómo un estampado verde y azul se vuelve más suave al contemplarlo desde lejos. Su paleta nacía de esta atención paciente a la realidad.

 

Hacer creíble la fantasía

En Nausicaä del Valle del Viento (1984), Yasuda diseñó una gama de más de 260 colores, luminosa pero poco saturada. Poco después, con la fundación de Studio Ghibli, pasó a dirigir su departamento de color. Para El castillo en el cielo (1986), primera película del estudio, creó más de 300 colores y contribuyó decisivamente a establecer una identidad cromática diferente a la del resto de la industria.

Su aportación se hizo todavía más evidente en Mi vecino Totoro y La tumba de las luciérnagas, producidas simultáneamente en 1988. Para ambas películas desarrolló nuevos tonos intermedios, más tenues y naturales. Frente a los colores fuertes y plásticos que comenzaban a dominar la sociedad japonesa, Yasuda buscaba una mayor delicadeza.

En Mi vecino Totoro, los colores son suaves, cálidos y silenciosos. En La tumba de las luciérnagas, se acercan a un naturalismo austero. Takahata destacaba su capacidad para expresar mediante el color incluso el grosor o el desgaste de una tela. Unos pantalones desvaídos por muchos lavados no solo tenían un color determinado: poseían también una textura, un peso y una memoria.

Esa atención a la realidad era igualmente importante en los mundos fantásticos de Miyazaki. Yasuda explicaba que el Gatobús no podía ser rosa o tener un color arbitrario: debía transmitir el calor y la presencia física de un animal verdadero. Solo así el espectador podía aceptar que aquella criatura imposible quizá existiera realmente. El color era, por tanto, una herramienta fundamental para hacer convincente la fantasía.

Michiyo Yasuda, la artista que dio color a Ghibli

Su trabajo se encuentra en películas como Nicky, la aprendiz de bruja, Recuerdos del ayer, Porco Rosso, La princesa Mononoke, El viaje de Chihiro, El castillo ambulante y Ponyo en el acantilado. También supo adaptarse al paso de la pintura sobre acetato al coloreado digital. Cuando la tecnología amenazaba con volver las imágenes demasiado planas y uniformes, Yasuda buscó la manera de conservar la suavidad, la profundidad y la vibración de los procedimientos tradicionales.

No existía para ella una “paleta Ghibli” que pudiera aplicarse mecánicamente. Cada película exigía empezar de nuevo, investigar sus lugares, su época y sus personajes, y responder a las necesidades particulares de cada escena. Su trabajo no consistía en imponer un estilo personal reconocible, sino en dar vida a los dibujos y hacer visible la intención de los directores.

Yasuda se retiró después de Ponyo (2008), aunque regresó como asesora de color en El viento se levanta (2013). Falleció el 5 de octubre de 2016, a los 77 años.

Su nombre continúa siendo mucho menos conocido que los de Miyazaki y Takahata, pero resulta imposible imaginar sus películas sin su mirada. Cuando vemos el verde húmedo de un bosque, la luz del atardecer sobre una casa, el azul de una sombra o el vestido descolorido de un personaje, estamos entrando también en el mundo de Michiyo Yasuda: una artista que entendió que el color no decora las imágenes, sino que les da aire, materia, emoción y vida.

 

Agradecimientos y fuente

Este texto ha sido escrito a partir de la valiosa investigación publicada por Jules y John en Animation Obsessive: “The Artist Who Colored Ghibli”. Nuestro agradecimiento a sus autores por recuperar y difundir el trabajo de Michiyo Yasuda y de tantas profesionales fundamentales de la animación cuya contribución ha permanecido durante demasiado tiempo fuera del primer plano.